El diario de Noa: Capítulo 236º

Desde cierto punto de vista podría resultar algo molesto que su objeto de deseo fetichista y morboso fuese verme vestida exactamente igual que ella, pero a mí no me importo, quería a Iñigo, era lo más importante en mi vida y congeniaba con él al 100%. Ya en los meses anteriores habíamos hecho muchas fantasías fetichistas mucho más raras y atrevidas que ésta, por lo que no me pareció mal que obsesivamente quisiera comprar justo la camisa que tenía en mente. Aquella tarde fue imposible. No la encontramos. Por lo que quedamos al día para seguir buscando. Solo que al día siguiente ya fuimos sobre seguro, pues Iñigo miró en los catálogos de ropa en Internet hasta localizarla y cuando por fin localizó la camisa marrón que tanto anhelaba fuimos directo a esa tienda para comprarla. Nada más probármela pude ver en sus ojos el deseo contenido, noté la lujuria corriendo por sus venas y unas ganas tremendas de querer acariciarme por encima de esa camisa. Lo cual no hizo, lo cual me sorprendió, pero enseguida iba a saber porque no lo hizo en el probador de la tienda. Se estaba reservando.

Vaya que sí se estaba reservando. Lo tenía todo en mente. Y fue al llegar a mi casa cuando ya en la intimidad de mi habitación empezó a darme las órdenes pertinentes. Fue a mi armario y cogio un vaquero en concreto. Estaba claro que ese vaquero se parecía mucho al que llevó Patricia aquel día y que el morbo fetichista de verme vestida como ella le estaba empezando a cegar de deseo. Me dijo muy detalladamente: “Ponte la chupa de cuero con la camisa marrón y estos vaqueros. Hazlo por favor”. Cualquier chica con dos dedos de frente se habría dado cuenta enseguida que en esas palabras repletas de morbo había gato encerrado, pero yo me seguí haciendo la inocente como si no supiera de qué iba el asunto. Al fin y al cabo eso era exactamente lo que más ponía a Iñigo: que yo cumpliese sus deseos fetichista y desde el principio de nuestra relación, como muy bien demuestra todos los folios y folios  que he escrito aquí desde que empezamos, era el soporte en que se basaba nuestra mutua atracción física.

De todos modos no era todo tan raro, al fin y al cabo tenía como novio al chico más guapo y elegante de toda España (por lo menos para mí), por tanto no había nada inusual en querer complacerle en todo y querer estar tan guapa como él quisiera. Según fui quitándome la ropa y poniéndome la camisa, los vaqueros y la chupa de cuero pude ver en su mirada el placer supremo del deseo contenido y la ansiedad total por consumar un anhelo sexual interior no resuelto. Por momentos, me recordó la escena de “Vértigo” cuando James Stewart obliga a Kim Novak a vestirse de determinada manera para así satisfacer sus más oscuros deseos fetichistas. Nuestra escena era prácticamente igual, solo faltaba la música de Bernard Herrmann de fondo.

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